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¿Qué le pasa a la Argentina?

Por ALBERTO ASSEFF / Diputado Nacional por Juntos por el Cambio

La decadencia lleva medio siglo, si no más. En ese mismo lapso, el sudeste asiático emergió como uno de los polos del poder global, contrastando con nuestra declinación. Es un período suficientemente extenso como para brindar un análisis simplista. Lo que nos pasa es más profundo que uno o varios pésimos gobiernos. Nos acaece algo que afecta a nuestra entraña nacional. Paulatinamente hemos ido perdiendo el alma nacional, esa sobre la que pensó Eduardo Mallea, entre otros muchos. Un país sin alma, sin actitud, sin tradiciones – sobre todo donde vive el 40% de la población- , con una notoria degradación de los valores –la palabra de los dirigentes está devaluada, es como hoja al viento, volátil, insustancial, desconfiable -, las instituciones casi son inexistentes, el civismo es exótico, la contradicción es la nota sobresaliente – se pontifica hasta el paroxismo sobre “el Estado presente”, las políticas públicas y todas las monsergas conexas a esa postura ideológica, pero la escuela del guardapolvo blanco y de la ‘señorita maestra’ se ha desplomado con casi ¡Dos millones de chicos que se le perdieron, literalmente este año y medio catastrófico! y la cosa pública se (des)gestiona sin una hoja de ruta elemental, sujeta al día a día ¿Pueden coexistir estatismo sin plan? Aun la promoción, la expansión de la Argentina privada necesita algunas directrices desde el Estado. 

Lo que nos pasa es gravísimo y gravosísimo. Los jóvenes se quieren marchar y sus padres los alientan a que se vayan. Cuanto más apto y preparado, más presto para irse. Un país grandioso en lo físico, plenamente dotado, inclusive flamantemente agrandado, con reconocimiento de la ONU, al incorporar una de las llanuras marítimas más anchurosas del planeta, se nos ha achicado hasta casi diluirse el horizonte ¡Increíble! ¡Irracional! 

Sufrimos de pequeñez moral, especialmente en la cúspide de la escala social. Sobra codicia, falta en absoluto ambición nacional. El patriotismo quedó reducido a la insignificancia, casi una fruslería. Hasta es una palabra disonante, en los hechos sin prestancia, a contrapelo del mundo entero, donde es timbre de honor y causa de emoción. Suscitador de la voluntad. 

Persistimos en ‘combatir al capital’, sin entender que debe fluir, no huir. El capital es básico para movilizar nuestros recursos humanos y materiales. No es explotador por esencia ni es benefactor por naturaleza. Es lo que es, motor ineludible. Surtirá mejores resultados si existe una normativa estable y sapiente y un Estado capaz de encontrar los equilibrios a partir de timonear la nave con una regla de oro y una brújula infalible: buscar siempre el bien común. 

La reciente campaña fue notable por tres factores: la extraordinaria apatía, la ausencia de propuestas dignas de conmover a la ciudadanía y la disociación entre los reclamos concretos –trabajo, educación, seguridad, inflación, certidumbre de que hay futuro– y los discursos de los precandidatos. “La culpa es de Macri” monopolizó la ‘estrategia’ oficialista. Tan pobre como el pobrismo que impulsan y en el que están disolviendo a la Argentina. Porque convengamos que como vamos, en diez años la pobreza será del 75% y la sepultura sin ceremonia de la clase media será el peor crimen colectivo que se haya cometido en todo el orbe. Un verdadero genocidio social. 

En estos días se derrumbó la investidura presidencial, una abstracción que posee enorme relevancia para cualquier pueblo. El presidente no la resguardó en ningún momento. Autoflagelándose, más allá de su desacreditada persona, agravió a esa dignidad. No hubo el más mínimo tino de hurgar sobre las correcciones de la marcha a la deriva. Puja puramente por el poder, sin saber para qué interés general, el gran ausente. Ahora nos prometen inundarnos de plata –más IFE, bonos- Anses, emisión ‘respaldada’ en los us$4.334 millones que nos giró el FMI, que irán inexorablemente al despilfarro. No entienden que, distribuyendo migajas, nos descapitalizamos, aumentamos el déficit y la inflación, incrementamos la desconfianza de los capitales y la conclusión tristísima es que seremos todos más pobres. 

El movimiento político de los trabajadores, que se ufanaba que su jefe era “el primer trabajador” y que había que “producir como mínimo lo que se consume”, está transformando a nuestra Argentina en un país sin trabajo, paulatinamente sin changas, apenas con planes asistenciales que ofenden la dignidad y que agravan la cada vez más desequilibrada y descompensada economía. Los productores se las arreglan para trasladar sus actividades a los países vecinos que gozan de una relativa bonanza alimentada por nuestro vaciamiento. 

No podemos eludir una cuestión peligrosa: opera en el sur un grupete que en nombre de derechos ancestrales que el país reconoce, disputa inadmisiblemente la soberanía argentina. Esto sucede ante la pasividad/connivencia de las ideologizadas ‘autoridades’ nacionales. 

En noviembre debemos lograr que pierdan el quórum en el Senado. En estos dos años penosos hasta 2023 el Congreso debe brillar por su capacidad para ir enderezando el rumbo. Cogobernando. Tal como una inteligencia aguda de la Constitución no sólo autoriza, sino que alienta. Porque no podemos apostar a que se incendie Roma para después conducirla. La clave es que sin que se incinere, desde ya vayamos sanándola para recibirla lo más vigorosa que sea posible para, entonces sí, reformarla a fondo como ineluctablemente requiere la Argentina. 

El pueblo, incluyendo a la clase media baja, dio un hálito de esperanza el 12 de septiembre. Expreso mi ruego laico –para no mezclar mi creencia en un asunto temporal– para que la Argentina disponga de una alternativa política que esté a la altura de la dimensión histórica del desafío. En esa opción militamos y en su seno estamos tratando de contribuir a mejorar y ampliar. El sustento que exigirán las reformas no vendrá de los oportunistas, sino de los comprometidos y convencidos. 

¡Vamos Argentina! ¡Vayamos al buen futuro!