Los jóvenes y el COVID-19: Apuntes para la Argentina que viene

Por NICOLÁS BARI / Ex Director de Juventud del Gobierno bonaerense. Presidente de Bloque de Juntos por el Cambio en el Consejo Escolar de Lomas de Zamora

El periodo comprendido entre los 15 y los 29 años es sumamente importante en la vida de una persona. Durante estos años se toman decisiones estructurales que determinan su proyecto personal, por lo que el contexto y el acompañamiento que los jóvenes reciben en esta etapa resulta un condicionante en la transición hacia la adultez y en el proceso de integración plena dentro de una sociedad. Ser parte de una familia, de un colectivo, de una institución, son soportes para la construcción de las subjetividades e identidades que constituyen el universo juvenil. Hablar de “jóvenes” en la Argentina de la pandemia, supone hablar de jóvenes expuestos a diversos grados de vulnerabilidad y exclusión; con problemáticas de carácter transversal que necesitan ser interpretadas por el Estado de manera urgente. Asimismo, supone hablar de proyectos, ganas y capacidad de transformar, cualidades de este grupo que serán claves en el mundo que viene.

Desde la sociología de transiciones es que se identifican tres hitos claves en la vida juvenil, que resultan centrales en cuanto a la consolidación de un proyecto de vida con cierto nivel de bienestar. Estos son: la terminalidad educativa,  el acceso a un empleo de calidad y por último, la emancipación económica y física del hogar de origen. La temporalidad, el contexto y las políticas públicas para las juventudes favorecen (o limitan) cada uno de los objetivos mencionados. Además, las situaciones de violencia, los consumos problemáticos y las tempranas responsabilidades parentales, pueden llegar a condicionar las oportunidades de los jóvenes de consolidarse como sujetos íntegros de derecho.

La pandemia trajo consigo complicaciones para que los jóvenes puedan desarrollar sus capacidades. El discurso oficial los excluyó y los programas anunciados por el Gobierno Nacional no tuvieron a a las juventudes como prioridad. Las tres etapas de transición mencionadas previamente entraron en conflicto durante este contexto. En primer lugar, el sistema educativo no respondió con la celeridad esperada para que los jóvenes escolarizados no perdieran los contenidos del año, mientras que la brecha digital exteriorizo las desigualdades latentes entre el sistema de educación público y el privado. Según el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) sobre el total de los alumnos escolarizados dentro del nivel secundario, solo el 48% accede a internet en su hogar, dando cuenta de la dificultad de las trayectorias educativa en el contexto de aislamiento.

En cuanto a la transición de los jóvenes hacia un empleo de calidad, la crisis económica provocada por el COVID19 hizo que el grado de vulnerabilidad de este grupo se vea doblemente agravado.  Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, desde el comienzo del aislamiento se han perdido más de un millón de puestos de trabajo de nuestro país, siendo los jóvenes el grupo etario más afectado. Esto no es casual, son los jóvenes quienes cuentan con mayores índices de informalidad laboral, lo cual conlleva que ante una crisis no encuentren mecanismos de protección de su fuente de trabajo. Además, así como sucede en casi todas las esferas, el género y el nivel socioeconómico actúan como condicionantes transversales. Mientras el 26% de los jóvenes del quintil más bajo de ingreso es desempleado, solo el 9% del quintil más alto está en esta situación. El género es otra variable que afecta las posibilidades de acceder a un empleo: el 25% de las mujeres jóvenes están desempleadas frente al 15,4% de los jóvenes varones.

Por último, las dificultades en cuanto al acceso a la vivienda propia derivadas de factores tales como la inestabilidad del empleo, los reducidos salarios, los vaivenes del mercado inmobiliario y la incertidumbre respecto al futuro cercano, constituyen factores que condicionan la emancipación de la población joven y que, además, han producido cierta inestabilidad en aquellos que sí abandonaron su hogar de origen. Una familia joven sin acceso a una vivienda autónoma es una familia que ve condicionados sus sueños y proyectos. Es necesario que el Estado vuelva a promover facilidades en cuanto a créditos hipotecarios que permitan a los jóvenes acceder a su primera vivienda.

En esta difícil situación es fundamental que el Gobierno Nacional tome la agenda de los jóvenes y garantice sus derechos a través de políticas públicas que los empoderen. En el camino hacia la adultez, este segmento generacional experimenta dificultades específicas que requieren la presencia de un Estado activo para acompañarlos con acciones que promuevan esa transición. Uno de los grandes desafíos de la post pandemia, será generar una Argentina que vuelva a consolidar a los jóvenes como actores centrales del desarrollo integral nuestro país.

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