La ayuda social debe ser temporaria

Por ALBERTO ASSEFF / Diputada Nacional por UNIR-Juntos por el Cambio

La ayuda social comenzó tímidamente durante el gobierno del doctor Alfonsín. Fue con el Plan Alimentario Nacional, que involucró a medio millón de conciudadanos. A partir de allí el asistencialismo no dejó de crecer. Hoy abarca un ascendente universo de 9 millones de argentinos y residentes. La contraprestación fue en sentido inverso: aquello que originalmente fue teóricamente concebido como planes de trabajo y de entrenamiento para la labor con el tiempo devino en el fomento de la incultura del trabajo. Lo más nefasto que puede pasar en una sociedad. En los hechos el Estado está corroyendo las bases del edificio social. Tanto es así que existen recurrentes y lastimosos casos de escasez de mano de obra preparada en medio del paroxismo del desempleo. También se da el aberrante caso de gente capacitada para diversos oficios que prefiere seguir subordinada a los planes de ayuda -los que llamamos planeros- antes de aceptar un trabajo formal.

Esta paradoja o, peor, esta distorsión es el resultado combinado de una normativa laxa -en rigor, pésimamente articulada-, de los intereses de los denominados movimientos sociales y del fomento explícito de la mediocridad por parte de los sucesivos gobiernos, con las excepciones que siempre tiene cualquier axioma o, en este caso, aseveración. Cuando el primer mandatario desestima al mérito está trasladando a una infeliz verbalización lo que desde hace tiempo se viene realizando. Cuando se decidió en 2008 que daba lo mismo haber aportado a la Anses toda la vida que no haberlo hecho nunca -más allá de si en una mínima parte fue por responsabilidad de empresarios incumplidores-, ¿qué aliciente o qué mensaje da la autoridad para estimular que todos nos esmeremos en alistarnos del lado de la ley y del sentido común? La triste realidad es que más de dos millones de jubilados no aportantes cobran lo mismo que otros cuatro millones que sí lo hicieron. Eso sí, todos perciben una miseria. Igualaron para abajo y lograron la peor paridad: pobreza para todos.

Sabemos que vivimos en la era del conocimiento, pero el Estado argentino – sus gobernantes- no están notificados. Es la única explicación para que casi 9 millones de conciudadanos subsistan con la asistencia social y ni siquiera contrapresten -en su propio beneficio, en primer lugar- capacitarse, no ya en cibernética, robótica, nanotecnología o biología marina, carpintería o plomería, por ejemplo, sino en un oficio básico. De este modo jamás seremos un país próspero y justo. La inclusión de la biología marina no es antojadiza. Tenemos una pampa marítima inmensa, pero no solo no la defendemos de la depredación, sino que no nos preparamos para aprovechar sus recursos.

Cada vez más argentinos -y foráneos a quienes por distintos motivos les importa nuestro país- sostienen que este atraso debe asignársele al modelo impulsado desde 1943. Seguramente esa afirmación o postura es producto del reduccionismo ya que los males estructurales, los profundamente enraizados que cobran carácter idiosincrático, no responden a causas simples. Lo sociocultural es complejo. Tiene otras honduras. Ciertamente el distribucionismo facilista de la segunda mitad de la década del cuarenta del siglo pasado tiene una alta cuotaparte de causalidad en nuestra declinación, pero el propio fundador del movimiento político que cometió esas demasías intentó dar un correctivo fuerte con su segundo plan quinquenal y su llamado -una verdadera exhortación- a la productividad. Incluso, en su tercera etapa, en 1973, no escatimó palabras: cada argentino debe producir por lo menos lo que consume. De lo contrario, la comunidad no tiene destino, dijo. Innegablemente fueron palabras clarísimas que no requieren interpretaciones. No obstante, sus variopintos seguidores actuales lo invocan desde el alba hasta el anochecer, pero o no lo entienden o exprofeso hacen oídos sordos respecto de estas directrices. Existe mucha hipocresía. Es relevante recordar estos lineamientos que los adeptos actuales ignoran, porque hay que darles debate en su propio terreno. En su salsa, como se diría coloquialmente. La incultura del trabajo -nuestro cáncer- la podremos revertir ganando la batalla cultural por el mérito, el esfuerzo y la laboriosidad. Contra el facilismo, respecto del cual hay algún progreso. Ahora ya nadie descansa en esa falacia de que somos un país rico que da para cualquier desaguisado o despilfarro. Hemos caído -nunca mejor empleado el verbo- en la cuenta de que a fuerza de cometer desatinos -algunos descomunales- no existe riqueza que aguante. La Argentina pobre es una patética realidad. A partir de ella hay que reformular el proyecto común. No podremos soslayar que solo el denuedo nos abrirá el horizonte.

Las reformas tienen como eje central el asistencialismo, que debe paulatinamente limitarse y sobre todo contener exigencias estrictas y una duración temporal. Deben trasladarse gradualmente los caudalosos recursos que demanda la asistencia al sector laboral-empresarial, especialmente pyme, generador de trabajo y bienes. En vez de pagar un plan, el Estado abonará un salario o parte de él. Un asistido es un sometido. La limosna generalmente busca obediencia. Un trabajador es, además de digno, libre. Y ya está experimentado y probado: se progresa con y en libertad. En el mundo hay un solo caso de autoritarismo político cuya economía se abrió paso. Es China. Pero esa economía despegó con la libertad. Sin ella aún hoy sería castigada por las periódicas hambrunas y postergada por el atraso tecnológico. Necesitamos menos movimientos sociales que se encabalgan en la creciente pobreza y más dinámica productiva y laboral, que se sustenta en la robustez institucional y en las corrientes inversoras. Lo primero que hay que hacer es ponerle límite temporal a la ayuda social, en la inteligencia de que la mejor asistencia es abrirles camino al trabajo y a la producción.

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