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La Argentina, sola

Por PABLO AVELLUTO / Ex Ministro de Cultura de la Nación

Y un día descubrimos que nos quedamos solos en el mundo. Vecinos y amigos comenzaron a darnos la espalda frente al nuevo e insólito experimento internacional del kirchnerismo: pelearse con todos.

En apenas un año y medio de gobierno, el kirchnerismo bastardeó el vínculo con Uruguay, Brasil, Chile, Ecuador, Colombia. Congelamos la relación con el Reino Unido y apoyamos a los terroristas en el conflicto entre Israel y Hamas.

La agenda diplomática parece haber caído en manos de una tormenta perfecta: incompetencia más ideología. Cuando no es error es mala fe. Y cuando no es mala fe es directamente un infantilismo izquierdista que considera que gritar consignas de hace cuarenta años es hacer política internacional.

En muy poco tiempo perdimos mercados, cerramos la exportación de carnes, uno de nuestros productos estrella en el mundo, ahuyentamos a los inversores con amenazas a la propiedad privada. Y, para variar, volvimos a recorrer las grandes capitales con el pedido clásico de plazo y descuento, como los cascoteados comerciantes de cualquier avenida. Los dólares se acaban y no alcanzan para pagar las cuentas.

Mientras todo esto sucede, como cantaba Carlos Gardel, “el mundo sigue andando”. Mauricio Macri afirmó recientemente que “el mundo puede vivir sin la Argentina. Pero la Argentina no puede vivir sin el mundo”.

En apenas meses dimos una vuelta en U hasta pasar a ser una balsa a la deriva en el medio del océano, sin rumbo ni destino conocido. Refunfuñando por sentirse incomprendidos, con proyectos megalómanos como cambiar el sistema financiero internacional, abandonando a millones de venezolanos bajo una dictadura que viola de manera sistemática los derechos humanos de sus ciudadanos, enviando a funcionarias a hacer turismo revolucionario en la descascarada tiranía castrista, especulando con la generosidad interesada de Rusia y China en el mercado global de vacunas.

En el medio de tanto desatino y en la vida real de muchos miles de jóvenes, ese mundo del que nos alejamos se convierte en el destino deseable para comenzar de nuevo. Como ya sucedió después de 2001, una nueva generación de jóvenes sueña o desea o fantasea o proyecta abandonar su tierra para probar si le puede ir mejor en otra parte.

Los portales repiten imágenes de pasaportes, historias de emigrantes, solitarios, urbanos, en parejas mientras la balsa sigue a la deriva, alejándose de todas las costas a la espera de su próximo colapso. Al aislarse y encerrarse sobre sí misma la Argentina sabe que ha resuelto abandonar el futuro.

No es fácil elogiar dictaduras, ningunear el terrorismo, sumarse a las nuevas corrientes que practican el antisemitismo escudándose en el antisionismo y convertirse en una suerte de adversario de Occidente regido por una especie cocoliche peronista, tercermundista y nacionalista que nos entierra cada día más en el pasado, abandonando los principios que hasta hace no mucho todos parecíamos compartir: democracia, respeto por los derechos humanos y condena a toda forma de terrorismo.

La Argentina se ha quedado sola. Sé que a algunos los llena de orgullo. A mí me duele.

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