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El subdesarrollo: una renuncia inaceptable

Por OSCAR AGUAD / Ex Ministro de Defensa de la Nación

Hay una frase que describe la insensatez demagógica del populismo: “estamos condenados al éxito”. Ni el éxito ni el fracaso son hijos de la casualidad, ambos son el resultado de una determinación o de una renuncia, pero jamás fruto de la buena o mala suerte.

Para triunfar, en cualquier orden de la vida, vale enfocarse en las oportunidades, para no desperdiciarlas. Tampoco es posible aprovecharlas sin un diagnostico realista.

El diagnóstico: Argentina es un país “pobre” y” subdesarrollado” que a pesar de los cuantiosos recursos humanos y naturales con los que cuenta, no ha sido capaz de producir, al menos, lo que consume. Hemos renunciado voluntaria y reiteradamente a sacar beneficios de todas las oportunidades que se nos han presentado. El populismo es el padre de este retroceso, cuya consecuencia más terrible es la epidemia de pobreza con la que se ha castigado al pueblo argentino.

La actual administración: nos gobierna el mismo esquema estatista y autoritario que provocó el colapso del 2015; una rareza que a pesar del huracán que sopló en su favor, en 12 años, duplicó el gasto público, generó un fenomenal déficit en la cuenta fiscal y la cuenta corriente, duplicó la pobreza, el trabajo en negro y la presión impositiva, sobre emitió moneda sin respaldo, generando una alta tasa de inflación que se la mantuvo reprimida artificialmente.

Además, puso en crisis el derecho de propiedad y en general todas las reglas que necesita una economía sana para multiplicar riqueza, provocando un clima anti inversión y un estatus de desconfianza incomprensible.

También amplió la brecha de desigualdad, ahogó la iniciativa privada, nos dejó sin estadísticas oficiales, en default, sin reservas en el BCRA, sin moneda, sin ahorro y sin crédito, con un faltante de más de 30 mil millones dólares anuales en inversión; sin productividad del capital y el trabajo, aislados del mundo y con la condena de la pérdida del autoabastecimiento energético.

Este monumental desfasaje (el gasto se incrementó del 23% al 42% que es igual a un sobrecosto adicional de más de 90 mil millones de dólares por año) es la terrible herencia que CFK le dejo al país y que ahora le toca administrar a AF.

La salida: La salida es un proceso, cuyo fin es recuperar identidad y volumen; ese proceso para fructificar, debe resolver un par de prioridades: Lo primero se relaciona con el contexto; nuestro destino tiene que ser “factible”, para lo cual tenemos que vencer el estatus quo, enfocándonos en producir un cambio de rumbo que nos dé la oportunidad de salir del estancamiento económico. Un desafío absolutamente alcanzable.

Para lograrlo se necesita de un importante aporte de capital y de tecnología, que no poseemos, pero que podemos conquistar si logramos generar un marco de confianza y de estabilidad de los equilibrios macroeconómicos. Estos equilibrios construyen certezas y nos hacen previsibles.

La segunda prioridad tiene que ver en cómo nos acoplamos al mundo; requisito esencial para ser un país normal, respetado y que pueda comerciar con el resto de los países. Al igual que la política exterior el comercio es el reflejo y el correlato de la política nacional.

Exportar es un arte donde el gobierno y el sector privado deben trabajar juntos, sabiendo que esa coincidencia mejorará la gestión del país. El beneficio de este proceso virtuoso no es solo conseguir divisas, sino, y fundamentalmente, la creación de más trabajo y salario registrado.

Abrirnos al mundo nos hará más ordenados, más predecibles, más confiables y nos obligará a tener una democracia abierta, moderna, con reglas de juego estables, con una sólida arquitectura institucional, de la que hoy carecemos. La previsibilidad, atraerá inversiones domésticas y extranjeras, insumo insustituible para construir el país que queremos ser.

Hace falta que el Estado colabore en generar las condiciones y los estímulos necesarios para que todo el sector productivo, incluido los servicios, adapte sus capacidades a los cambios permanentes que los ciclos tecnológicos produce en los procesos, como así también, para lograr un aumento de la “productividad”, acelerador insustituible de la economía moderna; ella sola puede mejorar todos los indicadores económicos. El campo, que es un adelantado en la materia, ya lo hizo, los resultados están vista.

Lo mencionado se intentó hacer y se hizo en el gobierno que presidió Macri. Entonces comenzó a crujir el statu quo, registrándose importantes adelantos en áreas prioritarias y estratégicas. El gran aporte de aquel gobierno fue “el rumbo” que tomo el país, que es el único posible para salir de la encerrona estatista; ese camino incluyó la revalorización del funcionamiento institucional y la transparencia digitalizada de la administración central.

Aquel rumbo a fines de 2019 había logrado superávit comercial y en la cuenta corriente, bajar el déficit al 0,4%, la presión impositiva y el gasto en 4 puntos, con un tipo de cambio y tarifas ajustadas y el desarrollo de Vaca Muerte,para recuperar el autoabastecimiento energético.

Es un pecado no aprovechar la lectura que Macri tuvo del país y del escenario global. Sin esa visión, en el actual contexto mundial, tampoco hay chances ya que el mundo tiene casi todo lo que a nosotros nos falta para salir de la pobreza.

Por eso, si alguien quiere medir aquella gestión por los resultados de corto plazo se equivoca y entrará en un laberinto donde no encontrará salida. La evasión de ese enredo requiere valentía para mantener el rumbo.

La tercera prioridad tiene que ver con el tema educativo, siempre preeminente y más aún hoy frente al gran apagón que se registra. En un país pobre, la educación es el primer eslabón de la inclusión social; sin educación y sin trabajo el país no tiene destino. Por ello, hay que educar “ciudadanos “ y “trabajadores”.

Los jóvenes necesitan integrarse en un ámbito donde sus capacidades sean requeridas y reconocidas y además ese ámbito sea el que hoy reclama una nación que debe dejar de ponderar sus ventajas comparativas para comenzar a construir ventajas competitivas.

Las supremacías del mundo actual están concentradas en la economía del conocimiento; los jóvenes tienen el reto de transformar ese conocimiento en producción.

El “cómo”, demanda no solo un plan de apertura consistente, reglas de juego estables, confianza, institucionalidad, transparencia, sino una sociedad mayoritariamente dispuesta a no volver atrás.

El acuerdo político es necesario, fundamentalmente para compartir el diagnóstico y construir consenso sobre las herramientas para superar el estancamiento. La construcción de confianza, requisito sin el cual no hay escapatoria, incluye la certeza para los mercados de que no hay vuelta al pasado.

Conclusión: Para poner en marcha a pleno los motores de la economía hace falta un buen programa de gobierno y que las políticas para llevarlo adelante se ejecuten “simultáneamente”. Sin simultaneidad y ritmo no habrá resultados alentadores. La alianza de sectores puede actuar como sustento de poder y como acelerador para que las reformas sean constantes. Macri lo hizo en Vaca Muerta con excelentes resultados.

Hay que entenderlo, nuestro problema es productivo y nuestro desafío la creación de riqueza a partir de un programa de reformas y modernización que atraiga inversiones en volumen y calidad. La educación es el vértice para que los jóvenes progresen y el país tenga solidez productiva.

Esto no se logrará sin una clase dirigente que comprenda el valor moral y económico de la inversión, como también la función social de la empresa, verdadera articuladora de los factores del trabajo, el capital y la innovación y asumir que el Estado, como construcción política superior, tiene el deber de hacer funcionar al mercado.