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El otro costo de cerrar las escuelas

Por ALEJANDRO FINOCCHIARO / Ex Ministro de Educación de la Nación

ce unas tardes escuché una entrevista radial a un intendente del conurbano que defendía, a capa y espada, el cierre de las clases presenciales. En un momento, los periodistas le preguntaron si pensaban aumentar en su distrito los horarios de restricciones comerciales, a lo que el hombre respondió del modo más enfático que pudo lograr: “no, no queremos afectar ninguna dimensión económica”.

Independientemente de lo que ya se dijo tanto sobre el terrible impacto negativo que generan en los alumnos las aulas vacías en cuanto a aspectos pedagógicos, emocionales y sociales, considero que no se ha analizado debidamente el perjuicio económico que sobre ellos y la sociedad entera se imprime a fuego a partir del cierre.

Un error frecuente, incluso de algunos ciudadanos bien intencionados, es creer que el cese de la presencialidad es un mal transitorio que se esfuma al regreso y, por lo tanto, es un precio a pagar tolerable. No es así, el daño sobre los chicos es permanente, incluso para aquellos que tienen la suerte de permanecer en el sistema. En nuestro país la deserción ya era un problema severísimo en la secundaria, nivel que solo termina en tiempo y forma el 50% de los alumnos que ingresan. A partir de la cuarentena, el 27% de los niños de barrios populares interrumpió sus estudios según Argentinos por la Educación. Varias instituciones y fundaciones estimaron que en todo el país se acerca al millón y medio el número de los que se desvincularon por completo de la escuela.

Recientemente, el Centro de Estudios para la Recuperación Argentina, dependiente de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA publicó un informe denominado ¿Cuál es el costo económico de cerrar las escuelas?

Sus conclusiones son impactantes: en la Argentina, la brecha de ingresos de una persona egresada de la universidad es, en promedio, 70% mayor respecto a una que solo alcanzó el título secundario. Los autores destacan que este diferencial no es sólo usufructuado por el individuo, sino que también impacta en las cuentas públicas y hacia el resto de la sociedad. Cada nivel educativo superado proyecta un escalón en los futuros ingresos.

Al analizar las pérdidas asociadas con el cierre de las instituciones educativas durante un tercio de año, las estimaciones indican que los estudiantes actuales sufrirán, a lo largo de toda su carrera, una pérdida de ingresos del 2.6%. Para el caso de 1 año entero de cierre, la pérdida llega hasta el 7,7%.

Asimismo, calculan que para un país como el nuestro, una pérdida de aprendizaje equivalente a un año de escolaridad para los estudiantes actuales provocará un PBI 4,3% más bajo en promedio durante el resto del siglo. En una nación plenamente desarrollada la caída sería aún mayor.

Para la Argentina, el costo asociado de mantener las escuelas cerradas durante un tercio de año significaría una pérdida, para todo lo que queda del siglo 21, equivalente al 69% de un PBI actual. Con las aulas cerradas dos tercios de año, la pérdida alcanzaría el 136% del mismo PBI.

Considerando que el cierre 2020 cubrió dos tercios del año lectivo (en numerosas jurisdicciones la clausura fue peor) podríamos calcular que desde ahora hasta el 2100 perderemos en conjunto, al menos, un promedio de 6900 millones de dólares anuales.

La tragedia educativa provocada en 2020 y lo que va de este 2021 no solo proyecta para los chicos un menor desarrollo personal, cultural, una ciudadanía incompleta y, por lo tanto, peor calidad democrática con pérdida de libertades, también nos augura un porvenir más pobre.

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