fbpx

El colapso ambiental (y cómo evitarlo)

Por RICARDO LORENZETTI / Juez de la Corte Suprema de Justicia

Las peleas entre vecinos suelen ignorar los grandes problemas del barrio. Del mismo modo, las disputas cotidianas no permiten ocuparse de la enorme crisis ambiental, social, y política que tenemos por delante. Las nuevas enfermedades, los alimentos contaminados, los incendios masivos, la crisis del agua, el deterioro del paisaje o de la cultura deberían ser el centro de nuestro interés.

Existe un nuevo enemigo que debería permitirnos la construcción de un “nosotros” integrados por todos aquellos éticamente preocupados para enfrentar a “ellos” que son quienes están arruinando el planeta, la sociedad o la economía.

Uno de los grandes temas a resolver para que ello suceda, es el tema de las instituciones y su parálisis.

La democracia basada en proyectos está siendo reemplazada por una democracia de veto: nunca hubo tantas personas con capacidad de impedir una decisión con tan poco esfuerzo. Nadie tiene el poder suficiente para hacer lo que se sabe que hay que hacer.

En esta “vetocracia”, es común ver a dirigentes exponiendo toda la mediocridad posible: es necesario gritar, insultar, denunciar, disfrazarse o escandalizar para llamar la atención y lograr la ansiada adhesión de los ciudadanos. Pero todo eso se evapora en minutos y es cuando nos damos cuenta de que todo sigue igual.

El otro recurso es la “polarización” para promover el odio entre sectores. Uno de ellos gana, pero transitoriamente, hasta que se deteriora a sí mismo y es reemplazado por el otro, anulándose toda posibilidad de políticas de largo plazo, lo que es trágico para el Planeta, la sociedad o la economía.

Estos modelos están en crisis y el nuevo “Paradigma ambiental” provee miradas distintas y reformas sustanciales.

Nuestra época está caracterizada por redes que funcionan de modo descentralizado, donde hay una multiplicidad de actores y la política se ha convertido en el arte de conducir la diversidad.

La decisión es el resultado de esa interacción y si queremos saber cómo funcionan, debemos entender cómo actúan los sistemas, y la Naturaleza es un gran modelo.

El sistema tiene una base rígida y estable y una periferia dinámica y cambiante, En la Naturaleza hay zonas muy estables, como, por ejemplo, el verano, el otoño, el invierno la primavera y luego, nuevamente el verano. Pero sobre esta circularidad hay una multiplicidad de factores que interactúan y no existe un centro claro al cual remitirse.

En la gobernabilidad hay una base estable que es la Constitución, pero no debe abarcar todo, y es necesario preservar áreas descentralizadas de innovación.

La experiencia de la pandemia nos enseñó que funciona mucho mejor lo que se autorregula.

La ciencia médica reaccionó rápidamente, los científicos de todos los países cooperaron y lograron vacunas en un tiempo que hubiera sido impensable hace sólo una década.

La tecnología permitió que el mundo siguiera funcionando en sus aspectos esenciales porque aportó comunicación a distancia para los seres humanos, así como máquinas y robótica para las industrias básicas. De otro modo la catástrofe hubiera sido mayor, como ocurrió en las epidemias medievales o de la revolución industrial.

La economía se transformó rápidamente y desaparecieron sectores enteros que están siendo reemplazados por otros. Por ejemplo, estamos asistiendo al comercio por internet masivo que desplaza gran parte de las tiendas tradicionales.

El gran fracaso ha sido el de las instituciones de la gobernabilidad política.

La celeridad de la transmisión del virus dejó paralizada a las burocracias administrativas y de salud.

Las decisiones descentralizadas funcionaron muy bien porque no son rígidas, se adaptan rápidamente a los cambios, y permiten la creatividad y la innovación.

Las instituciones han demostrado ser ineficaces y por eso los reclamos ciudadanos transitan por el subsuelo tecnológico de las redes sociales y dejan a un costado las grandes estructuras de los partidos políticos tradicionales.

El resultado es que las frustraciones se acumulan por debajo de las instituciones políticas hasta que estallan frente al asombro de quienes no lo advierten.

Es la explosión de las frustraciones.

El nuevo paradigma ambiental requiere un cambio institucional.

El primer punto es entonces, “cuidar la casa común”, y por eso el tema ambiental está siendo adoptado dentro de la agenda de los gobiernos de derecha y de izquierda.

El segundo punto es comprender que las herramientas son demasiado simples para enfrentar problemas demasiados complejos y se corre el riesgo de hacer declaraciones vacías o de llegar demasiado tarde.

Por esta razón hay que repensar las instituciones del siglo XXI, que es un tema central de la agenda que debemos construir.