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EE.UU., China y nuestros intereses nacionales

Por RAFAEL BIELSA / Embajador argentino en Chile

Un respetable número de internacionalistas ha opinado acerca de cómo podría ubicarse Argentina, frente al vínculo que mantienen China y los Estados Unidos. “Para los EE.UU., se trata del desafío más significativo que ninguna otra nación haya representado” (Anthony Blinken, Secretario de Estado). La información disponible, concluye en que van a profundizarse las rispideces.

Nadie cree que lo aconsejable sea ver qué pasa, sino adoptar posiciones proactivas, dentro de un rumbo razonado y con consenso interno. Pensamos en los otros –la aprobación al inmigrante y a sus hijos siempre tiene que venir de afuera–; ahora, pensemos en nosotros.

Para ello, es útil revisar cómo enfrentan esta tercera década del siglo los “mercados emergentes” (países no ricos). Considerando solamente al BRICs (Brasil, Rusia, India y China), la primera década de este siglo fue avasallante. Del 2000 al 2011 sus economías crecieron a un promedio del 17% anual, mientras que las del G-6 (Francia, Alemania, Italia, Japón, el Reino Unido, y los Estados Unidos) lo hicieron al 4%. Lo desarrolla The Economist en “Las perspectivas para los países en desarrollo: no son lo que supieron ser”.

Sin embargo, del 2011 al 2019, mientras que el G-6 creció a un 2%, los BRICs vieron decaer su performance hasta en un 70%, creciendo a un 5% anual. Más todavía, fuera de los BRICs –refiriéndome sólo a los países de ingresos bajos y medios, con buen desempeño en la primera década–, Medio Oriente, Asia Central y Latinoamérica comenzaron a experimentar la declinación de sus ingresos, esta vez en relación con los Estados Unidos. Las excepciones fueron el Sur y el Este de Asia, y los sectores emergentes de Europa.

Desde entonces, aumenta la brecha en crecimiento e ingresos entre las economías avanzadas y el mundo en desarrollo. Hay indicadores que muestran cómo se incrementará en los próximos años.

Es que subir los ingresos y hacer crecer a mercados emergentes es algo más complejo que la simple compra de tecnología a economías más maduras o que impartir capacitación innovadora a los trabajadores.

No hablaré de confianza, porque es muy difícil medirla. Mi referencia es Vietnam. Cuando China bajó su participación en el mercado de calzado deportivo, que era del 40%, al 32.5%, de ese 7,5% que dejó vacante, Vietnam se apropió del 5.9%.

Ello, por no hablar de su ingreso per cápita, que creció desde U$S 2.700 en 2004 a U$S 6.925 en 2017. Vietnam tiene 98 millones de habitantes, y el Norte y el Sur se reunificaron el 2 de julio de 1976, tras 35 años de guerras anticolonialistas, civil y limítrofe, con un saldo estimado de 5 millones de víctimas.

Sí debo subrayar una serie de asignaturas a superar. La primera de ellas es la previsibilidad (tener en claro qué no debemos discutir). Simplificando: hay que producir más y generar empleo; luego, debatamos la forma, sin apartarnos del objetivo.

Discutamos “… la ergonomía, cómo vienen los nuevos trabajos, cómo capacitamos, qué es lo que pagamos, qué es la eficiencia, qué es la productividad”. La cita es del presidente de Toyota Argentina, Daniel Herrero. Las reglas del juego con que se termina, deben ser las del comienzo.

Luego, el mundo que escucha nuestro reclamo de multipolaridad y pedidos de articulación, exigirá que esos atributos se verifiquen fronteras adentro. Si no construimos una tríada operativa entre los funcionarios gubernamentales, los empresarios y los representantes de los trabajadores, no podremos proyectarnos. Otro ejemplo: ¿quién más autorizado que ese terceto para colaborar en la definición de los profesionales que vamos a formar?

El éxito educativo vietnamita se basa en la jerarquización del educador, el prestigio de las ciencias exactas entre los estudiantes, y un plan nacional sustentable, orientado a la participación industrial en el desarrollo y producción de nuevas tecnologías.

La tercera, es tener la convicción de que es mejor una idea anodina sostenida y mejorada sobre el ensayo y el error, que una idea brillante desechada por un cambio de autoridades. Sin continuidad, no hay autonomía estratégica, transformación productiva ni transición social y ecológica.

La UE, ejemplo de tal método, desea sumar a la Alianza Atlántica, una Alianza Atlántica del Sur, algo que debiéramos evaluar. Fortalecería la deseable “multi-pertenencia”.

Esta fórmula, aun cuando no se comparta la filosofía de la idea, es incuestionable. El siguiente ejemplo lo ilustra, y sirve a un tiempo como termómetro de las relaciones entre China y los Estados Unidos.

El pasado 6 de junio, Biden revocó las órdenes ejecutivas de Trump que buscaban prohibir las aplicaciones móviles TikTok, porque “atentaban contra la seguridad”. Además, dejó sin efecto otra orden ejecutiva que alcanzaba a 8 empresas de comunicaciones y tecnología financiera, incluidas Ant Group’s y Alipay.

Sin embargo, lo que se juzgó como un “acercamiento calibrado”, dejó de serlo inmediatamente cuando se advirtió que había firmado una orden que prohíbe a ciudadanos y empresas estadounidenses invertir en 59 firmas chinas, ampliando el número de objetivos de Trump. Entre las empresas que figuran, está Huawei. La ofensiva es constante y consistente.

Los argentinos, guiados por el imperativo categórico de Kant, estamos obligados a definir cuanto antes nuestros objetivos, articularnos y darles la continuidad necesaria a aquellas políticas consensuadas, que encuentran fundamento en el deber moral de procurar un crecimiento sostenido y trazar una meta de inclusión y de desarrollo. Dicho intento no fallará, si no fallamos nosotros.

Sigamos pensando en los otros, comenzando por nosotros: nuestros intereses y nuestras posibilidades. Una dosis de aceptación colectiva es vital; las setenta veces siete que Jesús le pidió a Pedro que perdonara. Los argentinos de clase media urbana somos excesivos, comparamos para descalificar al otro. Sin aceptarnos, ¿cómo ser nosotros? Y si no somos nosotros, somos los otros. O sea, somos nada.