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Cuentos chinos

Por CARLOS RUCKAUF / Ex Vicepresidente de la Nación

Es una costumbre habitual en la dirigencia argentina suponer que la conducta de las grandes potencias puede regirse por la “amistad” con nuestro país. También interpretar los cambios de administraciones de otros gobiernos, traspolando lo que eso significa para “dentro” de esa Nación con su política exterior.

Así ocurre con nuestra relación con la República Popular China y con la asunción de Joe Biden en EE.UU. Olvidan un concepto fundamental de las relaciones internacionales: “las naciones no tienen enemigos ni amigos permanentes, solo intereses permanentes”(frase atribuida a Lord Palmerston, ex Premier británico).

Para el próximo mes de mayo está anunciada una visita de Estado de nuestro presidente a Beijing. Allí lo esperan con pedidos concretos. Algunos los conocemos: hidrovía, central nuclear y 5 G. Otros podemos imaginarlos: llevarse nuestro ¿litio?, ¿una base naval en Ushuaia?.

Es difícil tener una anticipación mayor. Trocamos allí un embajador experimentado (Kreckler) por un militante admirador del régimen de su anfitrión. ¿Qué queremos nosotros de esos “amigos” que, como toda superpotencia, piden mucho y nos dan muy poco? Por ejemplo, ¿que dejen de depredar nuestro mar? Se calcula que Argentina pierde más de 1.000 millones de dólares año solo por la actividad de la flota pesquera china.

¿Que nos vendan su vacuna a un precio razonable y no a más del doble de la Sputnik? Sobre todo porque como parte de su política exterior han regalado tan vital elemento a 37 países, entre ellos a nuestro vecino Paraguay, al que le piden a cambio que rompa relaciones con Taiwán y reconozca la soberanía china sobre lo que ellos llaman “la isla rebelde”. ¿O que se instale en Argentina una fábrica de baterías de litio y de autos eléctricos?

Porque somos la segunda reserva mundial de ese llamado “oro blanco” y hasta el presente chinos, norteamericanos y alemanes pretenden llevarse el litio en bruto y procesarlo en sus países. En las próximas dos décadas, los camiones, ómnibus y automóviles eléctricos e híbridos suplantarán la totalidad del parque automotor mundial, acabando con los de propulsión por hidrocarburos.

Si una parte de los vehículos los fabricamos los argentinos, estaremos defendiendo a los obreros y empleados de ese sector fabril y las divisas por la exportación beneficiaran nuestras exhaustas finanzas.

Seguramente hay muchas cosas más que nuestro país puede llevar a la mesa de las conversaciones con los llamados “países centrales” en general y la República Popular China en particular. Sería bueno que las más significativas fuerzas políticas lleguen a un acuerdo de políticas de Estado para que, gobierne quien gobierne en las próximas décadas, tengamos un camino común que transitar y el mundo lo sepa.

Así ocurre con nuestros interlocutores. Cualquiera sea el inquilino de la Casa Blanca y el Secretario de Estado, los intereses centrales norteamericanos no varían. Solo cambian los modos. Ni hablar de China, que tiene el mismo gobierno desde hace casi dos décadas, ni de la experiencia del canciller chino que hace 8 años que está en el cargo.

En reiteradas oportunidades vengo advirtiendo lo complicado que resulta para Argentina el conflicto entre las dos superpotencias. Lo que nuestra dirigencia haga en política exterior es tan importante como otros temas que son motivo de la atención del periodismo y de la opinión pública. Como decía Séneca “no hay viento favorable para el barco que no sabe adónde va”.

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