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Cómo el Frente de Todes y Cambiemos manipulan la comunicación en la campaña

Por JUAN JOSÉ GÓMEZ CENTURIÓN / Precandidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires

En época de elecciones, los medios y las redes se llenan de encuestas que pueden servir para reflejar tendencias, estados de ánimo o percepciones, con el objetivo de tratar de incidir en la decisión del voto.

Particularmente en nuestro país, agobiado por la cuarentena más larga y ridícula del mundo -que fue apoyada indistintamente por el oficialismo y la oposición-, estas elecciones de medio término son un tema secundario. La inmensa mayoría de los argentinos está endeudada o fundida, preocupada por una economía que se hunde y por la inseguridad que no para de atacarla.

Esta situación es un fantástico caldo de cultivo para la apatía electoral, para el desánimo de los que ya han sido defraudados tantas veces por la casta política.

Para estos sectores de la población, muchas veces las encuestas funcionan como un referente o un instrumento de influencia que puede ser muy determinante. Preocupados por su trabajo o por la falta del mismo, por la salud o la seguridad de su familia que el gobierno kirchnerista ha dejado a la deriva, a la mayoría de los ciudadanos le resulta poco interesante, frustrante e irritante la contienda política y las miles de rencillas que se suceden en los programas políticos.

No está entre sus prioridades elegir candidatos y ya no le creen a nadie. Ahí es donde la manipulación de las encuestas se mete para “generar una sensación de certeza al sentirse parte de la mayoría”.

Para las maquinarias políticas que se vienen alternando en el poder desde hace décadas, resulta muy tentador manipular los sondeos en su favor e influir en los medios de comunicación y armar consensos artificiales.

Es necesario entender que los grandes medios destinados a la cuestión política dependen exclusivamente del financiamiento de la pauta oficial o de los aportes de ciertos amigos de los armados políticos. No es ninguna revelación que tanto los canales oficiales como los “privados” se la pasan fidelizando a los votantes propios y son los mayores divulgadores de sondeos de opinión que ellos mismos generan.

Los sondeos electorales no son necesariamente falsificaciones, sino que se recurren a diversos manejos para generar un efecto mediático. La selección de la muestra a encuestar orienta las estrategias de comunicación, así como la agenda temática enfoca el trabajo en los segmentos más convenientes. Se seleccionan las zonas prioritarias para consultar, se priorizan las poblaciones que siempre han sido leales a determinado partido, beneficiarios de programas sociales, empleados de gobierno y obviamente el resultado tendrá un sesgo favorable para el que paga.

Lo mismo puede realizarse a la inversa para generar la tendencia contraria. Manifestar rechazo o apoyo a un candidato o partido suele ser una interpretación de la manera en que la gente se manifiesta en contra de un problema social y de cómo se les formuló la pregunta. El fin de estos manejos es desalentar a los adversarios, y no importa cómo las justifiquen técnicamente, las encuestas manipulan porque es información que crea tendencia o movimientos en el tablero en base a cálculos y al margen de los candidatos. Muy a menudo los votantes quieren apostar a ganador y así se alienta el voto “útil”. 

Es importante que el ciudadano de a pie comprenda que las encuestas cumplen un papel central en la formación de las corrientes de opinión, pero además es importante alertar sobre un hecho clave: en nuestra reglamentación electoral, el aparato del Estado es quien regula la actividad de las encuestadoras y -dada nuestra baja calidad institucional- es claro que las firmas dedicadas a la actividad no desean enemistarse con aquellas entidades de las que depende su existencia.

Hay firmas encuestadoras atadas a grandes medios de comunicación y a las grandes maquinarias electorales. Por eso editorializan sus sondeos y conclusiones. 

En función de este conflicto de intereses, ¿cuál es la confiabilidad de las encuestas si un candidato tuviera entre sus propuestas terminar con la pauta a los medios o con el contubernio de las consultoras sirviendo a los gobiernos? Resulta claro que tanto medios como encuestadoras buscarán invisibilizar a quien vaya contra sus “negocios”.

¿Qué explica que las encuestas no hayan visto el resultado de mi candidatura en 2019 y me colocaran hasta 8 puntos por debajo del candidato al que finalmente superé? ¿Cuántas veces fallaron las encuestas y los analistas políticos de los medios? ¿Cómo puede ser que tanto el Frente de Todes como Cambiemos contraten a decenas de consultoras por cientos de millones durante todo el año para los temas más risibles y luego nos quieran vender “independencia”? ¿Puede una consultora independiente recibir fondos públicos o sus directores ocupar un cargo en el Estado?.

Borrar a un candidato de las encuestas es un elemento fundamental para incidir en el comportamiento del electorado a partir de la difusión de escenarios en los cuales se comienza a operar la falacia del “voto útil”, pero no es la única estrategia. Las maquinarias electorales invisibilizan al candidato que no sigue su programa sumisamente, de ahí que siempre veamos a los mismos personajes en algunos medios de comunicación mientras que ningunean a otros. La invisibilización tiene mucho que ver con la tarea de imponer la agenda y de domesticar a los contendientes.

Habitualmente los medios confunden propaganda con información, y no aceptan dar aire a los candidatos que no repliquen el discurso oficial en cuanto a los temas que determinan el presupuesto público que les da la casta. Así, quien vaya contra la política liberticida de la cuarentena o de las vacunas, quien ponga en debate la perspectiva de género o los conceptos abolicionistas en temas judiciales y de seguridad, por ejemplo, será sistemáticamente silenciado.

El partido único se propone invisibilizar a sus adversarios y para ello, despliega toda la capacidad de fuego mediático. Entre las estrategias a las que ya nos tienen acostumbrados está la de acusar a los candidatos que no pertenecen a la casta de barbaridades que ellos ejecutan con total impunidad. 

Con esa misma impunidad se construye un discurso castrante, que termina por ser proclive a las emociones, destinado a que el votante acepte como realidades un conjunto de dogmas maniqueos pero que no se pueden contradecir. Una acción coercitiva de la hegemonía mediática que solo construye tiranía y censura.

Una tiranía que para mantenerse en el poder, busca generar una versión oficial de los hechos que empobrece la percepción del ciudadano. Entendemos ahora que manipular encuestas electorales e invisibilizar candidatos no es una acción inocente, es una estrategia política que prostituye a la comunicación política con fondos públicos para colocarla al servicio de las dos grandes maquinarias electorales.