Adiós Diego, adiós Maradona

Por HÉCTOR COSTA / Abogado

La titulación de este escrito podría parecer compleja al lector, puesto que denota una dualidad de nombres que, a fin de cuentas, representarían, a priori, a una misma personalidad. Sin embargo, es menester señalar que, en vista de los acontecimientos y las experiencias vívidas del protagonista, había un Diego, al tiempo que existía un Maradona. Dos formas de ser contrapuestas que daban cuenta de un mismo ser, que chocaban entre sí, al tiempo que enamoraban y enajenaban a propios y extraños. En tanto, Diego estaba ahí, pero en ocasiones era absorbido por Maradona, un personaje que atraía a todos por igual y que sembraba adeptos en cada región del mundo y a los ojos de todo suceso. Daba igual si había una guerra en Medio Oriente, si se daba asimismo una visita al Papa de turno, o si se jugaba una simple fecha más en un torneo de larga data en el fútbol local: Diego y Maradona, siempre convertían a cada suceso en EL acontecimiento.

Invocando a Fernando Signorini, su preparador físico, un nombre que pasará a la historia por su calma, su paz, su cultura y su afición a la objetividad, con más su gran amor incondicional ante Diego, “Con Diego iría al fin del mundo, pero con Maradona ni a la esquina”. Mientras el Diego era una consecuencia del más sencillo y humilde barrio en el que nació, a Maradona lo sobrepasó una fama temprana, esa gratificante impronta que te sube y te baja con vehemencia, y asombrosa velocidad. Dicha gloria tempranera provocaría en él una cadena de consecuencias, la peor de las cuales fue la inevitable tentación de escalar todos los días hasta la altura de su leyenda.

Diego Armando Maradona, tal y como se lo conoció en vida, y como pasará a la leyenda, ya sin divisiones entre sus personalidades manifiestas en sus nombres era un futbolista, pasando a la inmortalidad así. No obstante, fue mucho más. Fue quien marcó a una generación y hoy, a 25 años de su retirada de los campos de juego del deporte más lindo del mundo, sigue latente en jóvenes que a duras penas se toparon con algún que otro video de él y sus atributos futbolísticos en el verde césped y, asombrados, lo vanaglorian. Lloran con su partida casi como si hubieran sido los protagonistas de sus máximas gestas en tiempo y forma, como si lo hubieran visto jugar en ese lapso. Casi, como si no fuera un video añejo lo único que los recuerda y acerca al mismo Diego. En Diego Armando Maradona habitaría una suerte, si se quiere, de super hombre, puesto que así como Jesucristo resucitaría al tercer día para dar a sus fieles motivos de creencia y confianza en la vida eterna, este simple ser humano volvió a la vida en su terrenalidad al menos en tres ocasiones, lo que tampoco es tarea fácil.

Admirado, odiado, aficionado al deporte, pícaro, controversial. Leyenda. Es factible sostener que en la admiración y en la pena existe una versatilidad de emociones. Hoy, precisamente en uno de los años más cambiantes de la historia para la humanidad, donde la rutina vio cómo todo cambió en menos de 365 días, dando paso a lo novedoso, a lo extraño, a lo sorprendente, nos dejó. La pelota, su gran aliada, se sentirá más sola y llorará desconsolada a su dueño. A aquel que mejor la ha tratado, a quien supo acariciarla, más que golpearla. Así, bienvenido Diego a la vida eterna, ojalá que logres encontrarte con tus papás, quienes dieron paso a ese Diego maravilloso que supimos valorar y que asombró, con su carisma, su humildad, al mundo. Con ese joven inocente de Villa Fiorito que soñaba con jugar un Mundial y ganarlo, y que les dio a sus papás un lugar donde vivir, su principal prioridad. Quienes lo han podido conocer, es muy factible que lo lloren por añorar aquel Diego que era y no el que, tras una vida de sumo exceso, se vio escondido debajo de tanta humanidad. Adiós, y hasta siempre, y gracias por todo, Leyenda. La Argentina te da la gracias!

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