Sábado, 3 de Noviembre de 2018

¿Seguirán los chicos yendo a la escuela?

Por: MARIANO NARODOWSKI

¿Es necesario escolarizar a los chicos para garantizar el funcionamiento de la sociedad? ¿Tiene sentido hoy separar educación de escuela? ¿Lo tendrá en el corto plazo?

 

La desescolarización fue propuesta por Ivan Illich en 1971. Este pedagogo anticipó las redes sociales y los marketplaces (aplicaciones de consumo colaborativo) e imaginaba un mundo sin escuelas pues veía en ellas una herramienta capitalista de opresión. Si se pudiera dejar a los niños en otro sitio donde sean cuidados, controlados y formados ¿sería el final de las escuelas?

 

Las preguntan trascienden el deseo de quienes la expresamos ¿seguiremos mandando a nuestros hijos a la escuela? ¿Siempre? Alguien podría señalar que la cuestión es falaz porque demasiados chicos no van a la escuela o la abandonan tempranamente al ser excluidos de ellas. La observación es correcta pero no hace al núcleo de las preguntas: la escolarización no ha detenido su expansión en los últimos cien años, ni siquiera en los países más pobres.

 

Los nuevo es que formas disruptivas de trasmisión del saber generan efectos inquietantes: las escuelas ya no son el único lugar donde aprender conocimiento legítimo: las redes, las pantallas y la inteligencia artificial penetran nuestra vida cotidiana y permiten predecir la desescolarización –al menos en algunos de sus tramos formativos- más allá de lo que estamos dispuestos a creer.

 

Isaac Asimov, el eminente escritor de ciencia ficción, lo imaginó en 1988: si cada persona tuviese un dispositivo conectado a una red –apostaba- todos aprenderíamos de una gran biblioteca virtual y no harían falta escuelas. Pues bien, casi todos ya tenemos el dispositivo.

 

Pero hasta ahora, el traslado de la educación hacia métodos no escolares colisiona con un límite: el cuidado de los chicos. El problema que se presenta cada vez que se suspenden las clases.

 

Los periodos de receso escolar muestran soluciones provisorias: se organizan espacios no escolares de control/formación de la infancia, como las colonias de vacaciones, aunque en mayor medida, y más precariamente, quedan al cuidado de un adulto/cuasi adulto en quien se confía la tarea. Investigaciones muestran que esta recae casi siempre en mujeres (una abuela, vecina, amiga) en lo que configura el ejemplo clásico de trabajo no remunerado.

 

En las regiones no desarrolladas (que incluyen a la mayoría de la población mundial), y al contrario de las promesas que venían de la mano de la modernidad, el trabajo asalariado y las nuevas formas de contratación insumen cada vez más horas. Estas tendencias terminan consolidando a la escuela como espacio donde “depositar a los chicos” y las legislaciones acompañan la ampliación de la cantidad y la duración de jornadas escolares con una premisa que nadie podría contradecir: más escuela es mejor.

 

Es que por el momento no aparecen opciones a las escuelas que remedien el control y el cuidado sobre la infancia y la adolescencia. En la medida que el trabajo infantil esté prohibido y que los menores de edad sigan considerados como sujetos no autónomos, no emancipados, y que no pueden gobernarse totalmente por sí mismos, la única tecnología que permite proteger y educar a gran escala es la escuela.

 

Sin embargo, muchas propuestas prometen ser menos costosas y más eficientes en los aprendizajes de los niños. Desde el Proyecto COOL de Nueva Zelanda que asegura el acceso a educación obligatoria de manera on line financiada por el Estado en forma masiva a partir el nivel inicial al secundario, hasta la propuesta brasileña de que los estudiantes de escuelas medias públicas tengan un 30% de tiempo escolar on line en sus casas, pasando por las plataformas de aprendizaje interactivo administradas por empresas multinacionales y en pleno avance en muchos países en desarrollo.

 

En el Proyecto Pansophia estudiamos estos posibles escenarios. Si bien las nuevas tecnologías son bienvenidas, el declive de la escuela no debería clausurar el ideal pansófico que la acompañó: la idea de que todo el saber humano es para todos los seres humanos. Por otro lado, la pérdida de soberanía pedagógica en los países en desarrollo parece un precio muy alto a pagar por un sistema menos costoso. Adicionalmente, nos debemos un debate acerca de quién es el propietario de la información recolectada por estas plataformas: que los usuarios (los alumnos) cedan a las empresas los derechos de propiedad sobre los datos que ellos produjeron merece un análisis ecuánime.

 

Aun con todos estos reparos ¿Cuánto tiempo esperarán los Estados para migrar parte de la educación obligatoria a un sistema más barato y más eficiente si acaso se resolviera el control y cuidado de los chicos? ¿Será posible (y deseable) evitar un cambio de esta magnitud que afectaría a todos los que vivimos en la era de los sistemas escolares? ¿Las escuelas devendrán espacios empobrecidos solo para control social de ciertos sectores?

 

Muchas preguntas quedan abiertas, pero creemos que todo el saber humano es para todos los seres humanos: la pansofía no se negocia.

 

MARIANO NARODOWSKI   Docente de la Universidad Di Tella y ex Ministro de Educación porteño

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