Viernes, 21 de Diciembre de 2018

Las contradicciones de la nueva derecha latinoamericana

Por: FELIPE VERGARA

A raíz del llamado “fenómeno Bolsonaro” que francamente es más bien una copia de otros personales de la política mundial como Trum, Le Pen, Duterte y Orban; han surgido una serie de personajes que, no sólo alaban el actuar del próximo presidente de Brasil, sino que también han hecho propias las causas aislacionistas que él promueve. Sin ir más lejos, muchos fueron los que luego de su triunfo, partieron rumbo a Brasil a entregarles sus respectos de un modo casi mesiánico.

 

Este caso, como otros en América Latina nos permiten reflexionar sobre la real dimensión de la derecha, sus matices, miradas y por sobre todo sus contradicciones profundas. En la izquierda dura ya son bastante sabidas estas incongrunecias, pero se podrían resumir en que se oponen a cualquier dictadura y son defensores de los derechos humanos, salvo en los países donde ellos atropellan los derechos humanos y tienen dictaduras, como es el caso de Cuba, Venezuela, Nicaragua y eventualmente Bolivia.

 

La derecha que hoy día observamos parecía haber desaparecido, pero en realidad estaba oculta, no en sus personajes, sino en su ideología, en una mirada simplista diría que se vistieron de demócratas, hasta que fue el momento de salir del armario para mostrar sus reales principios, me recuerda la película “Operation Finale” sobre los Nazis en Argentina. Nadie los veía, pero estaban.

 

En este caso pasa algo similar, hay denominadores comunes: claro que sí, todos nuestros países vienen de dictaduras fascistas, que junto con muchos torturados, muertos y desaparecidos, también dejaron admiradores y fanáticos. Fueron procesos que no terminaron bien, con poco acceso a la justicia y con leyes que, a diferencia de Alemania, dejaron el camino abierto para su resurgimiento.

 

Pero cómo es esta derecha. En lo valórico: extremadamente conservadora y religiosa, contraria al aborto, al homosexualismo, a la inmigración, a la educación gratuita, entre otros; pero a su vez muy liberal en lo económico, es pro mercado, pero por sobre todo pro empresa -que no es lo mismo-, se opone al sueldo mínimo, a las regulaciones del Estado, al tributo a las empresas y a toda Ley laboral que beneficie al trabajador.

 

Así aparecen en el papel, y se le define como derecha dura o derecha conservadora, pero tiene ciertas contradicciones que la hacen peligrosa y que poco a poco se van asomando. Es contraria al aborto, pero en el caso chileno estos se practican disfrazados de apendicitis para los sectores más acomodados; su religiosidad llega hasta que le toca el bolsillo, ejemplo de ello es la diferencia abismante entre ricos y pobres. El rol de la mujer es claramente secundario, por lo mismo casi no hay ejecutivas en empresas; se oponen a la inmigración, aunque que todos tiene apellidos extranjeros, y junto a eso, también detestan a los nativos -mapuches- o sea ni afrodescendientes, ni indios, sólo “colonos”.

 

Se dicen demócratas, pero defienden las dictaduras militares, a tal nivel que recientemente una diputada chilena, en la asamblea de su partido, se definió como pinochetista, todos la aplaudieron y el gobierno de Piñera respaldó sus dichos. Creen en el poder de las armas, en la pena de muerte y ojalá que los militares estén en las calles reprimiendo al que piensa distinto y si hay pérdidas humanas ellas están justificadas, ahora si estas muertes son fortuitas, no es responsabilidad de las fuerzas armadas, ejemplo de ello es el reciente asesinato de un comunero mapuche al sur de Chile, a quien un uniformado le disparó por la espalda sin justificación alguna; son los costos de la guerra (que no es tal), argumentan los sectores de derecha con absoluta tranquilidad.

 

Similar situación sucede con los presos. La reinserción no es tema, ojalá se mueran en la cárcel, la población penal es gigante y sin posibilidad de surgir. Hace unos años murieron en un incendio en una cárcel 81 reos, en un ambiente interno, el derechista sólo lamentaba que no hayan sido más, por lo mismo su religiosidad tiene límites poco religiosos. Con ello, se sienten garantes de la moral y la justicia, tanto como para considerar que es corrupción y que no, por ejemplo. Si Pinochet en Chile se robó US$27 millones desviados a cuentas en paraísos fiscales, eso no es inmoral, sino justo por haberlos “liberarlos del marxismo” como suelen decir.

 

Este nuevo derechista es el que está perfilándose políticamente, en algunos países ya son gobierno y en otros avanzan con fuerza, con promesas populistas que promueven el nacionalismo y la moral como bandera de lucha; donde prometen terminar con la corrupción y la delincuencia, pese a que cuando eran gobierno o dictadura, fueron tanto o más corruptos, así como tampoco lograron acabar con los delitos; y aquí hay un punto interesante, los delincuentes para ellos son aquellos que comenten delitos comunes y por gente común. La sanción a los delitos de cuello y corbata, esos producidos por empresarios como podría ser manejar información privilegiada, coludirse, financiar a parlamentarios, no son considerados tan delitos como debiera ser; lo mismo con los abusos producidos por la iglesia, ahí la mirada es siempre relativa y pro-sacerdote, en desmedro de las víctimas.

 

El desafío que como sociedad tenemos es complejo, ante la exacerbación del populismo de izquierda como el de Andrés Manuel López Obrador, y de derecha como Jair Bolsonaro, debemos tener la capacidad democrática de abrir un espacio tolerante, abierto, que privilegie la convivencia social y que además respete al mercado, el Estado y nuestras libertades individuales.

 

FELIPE VERGARA   Consultor político chileno

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