Martes, 13 de Marzo de 2018

La misión del radicalismo, un desafío

Por: NICOLáS GALLO

A lo largo de sus 126 años, el radicalismo enarboló banderas revolucionarias frente a regímenes contrarios a la Constitución; utilizó la fuerza indomable de la abstención electoral; ejerció el poder democrático ganado en las urnas; y contribuyó con toda su energía para reconquistar la democracia perdida con los golpes militares.

 

Es irrebatible el hecho que la UCR forma parte indisoluble de la historia y el desarrollo institucional de la Nación. Ni el peronismo, en sus facetas variopintas, ni el reciente PRO, ni los resabios de socialismo o los partidos unipersonales, pueden mostrar siquiera partículas de tales quilates.

 

A la Unión Cívica Radical le corresponde hoy una nueva misión, que tiene varios objetivos simultáneos. El primero es reiterar su rol en la consolidación de la incipiente recuperación de la República, que estuvo al borde de su destrucción estructural hace apenas tres años. El segundo es la recreación de su identidad en el contexto del siglo XXI. Un tercer objetivo es ayudar al Gobierno a enderezar caminos errados. Por último el cuarto, una síntesis de los anteriores, es el armado de una agenda programática para los próximos decenios.

 

La innovación tecnológica, la maximización del valor agregado de nuestra producción, la apuesta visceral por el ejercicio del federalismo y la simplificación de las fronteras socioculturales son una parte esencial de ese futuro, que ya empezó.

 

El campo de acción parece amplio, pero no lo es. Se ha dicho que el PRO carece de banderas sociales y que su apuesta al progreso confía más en el derrame del mercado que en la acción del Estado, al que solo pareciera darle el rol de actor principal en la obra pública y en el subsidio para combatir la pobreza. Y también se ha dicho que parece vacío de compromisos ideológicos profundos, ya que su explícita vocación de servicio no es suficiente para llenar ese vacío.

 

La sed de renovación política, de la que provino el PRO, requiere ahora explicaciones motivadoras de los resultados de los sacrificios, dentro de un pensamiento articulado y coherente con una visión de largo plazo.

 

Nada nos aportará quedarnos al acecho de los errores del Gobierno para pegar después. Y mucho menos aún, el radicalismo puede convalidar movimientos abonados al combo antidemocrático del ruido de tambores y las urnas sin votos, que sólo garantizan conductas demagógicas y populistas y habilitan ambiciones inmorales de poder y enriquecimiento ilícito.

 

Estamos atravesando momentos muy difíciles, pues mientras el Gobierno acierta y erra, la oposición magnifica los errores, y el Gobierno, con una equivocada lectura de la opinión pública, trata de minimizarlos sin convicción, olvidando que la convicción se trasmite; no se declama.

 

Algunos intelectuales, con apresuramiento impropio de su condición de tal, avizoran la extinción del radicalismo. Ello sólo ocurrirá si la Unión Cívica Radical se aferra a viejas concepciones ideológicas. Si por el contrario, se anticipa a los aconteceres, sabe leerlos y traducirlos, mantendrá su secular vigencia.

 

En esa línea de crítica anticipadora para construir el futuro, hay algunos ejemplos que vale la pena señalar. La declinación de las reservas de gas y petróleo sin que se prendan las luces rojas; el persistente déficit comercial que muestra impotencia en la promoción exportadora; la desaprensión del rigor que exige la evaluación económica y social de los grandes proyectos de inversión; la desconsideración de la hidroelectricidad; la ausencia de un ordenador del desarrollo regional; las dificultades en coincidir cómo se crea la riqueza nacional y el rol del Estado; son, entre muchos otros temas más, los que facilitarán la inserción del radicalismo en la agenda del día a día y su proyección hacia el futuro.

 

Un eventual fracaso de la gestión de Cambiemos, no abrirá puertas al radicalismo. Por el contrario, facilitará el reingreso del populismo que, una vez más, con el mito demagógico de la repartición gratuita de la riqueza, destruirá todo lo que se ha logrado.

 

Nadie llega al poder y se queda cuanto quiera; ni los hombres ni los partidos. Las sociedades cambian y exigen cambios. Sucedió en 2015 y se ratificó en el 2017. Sin embargo, la capacidad impresionante de mimetización del peronismo no ha agotado sus disfraces porque, en política, nada es definitivo.

 

Todo dependerá de la armonía inteligente de los socios de Cambiemos. Que unos sepan que la conducción del poder no es una franquicia sin rendición de cuentas. Que otros sepan que el ejercicio del poder exige flexibilidad axiomática.

 

La Unión Cívica Radical debe asumir su misión y cumplir con cada uno de los objetivos que la conforman. Recuperará así su propia confianza para ponerse en condiciones de competir en la sucesión de Cambiemos, cuando las circunstancias lo indiquen.

 

NICOLÁS GALLO   Ex Ministro de Infraestructura

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