Lunes, 5 de Marzo de 2018

Hablemos en serio de corrupción

Por: FRANCISCO CAFIERO

La corrupción es una plaga desde hace siglos. Hoy se transformó, además, en un problema estructural que afecta y distorsiona transversalmente a la política pero también a un montón de actividades, acá y en el mundo.

 

Los corruptos degradan a la política y afectan a la credibilidad de los proyectos que defendemos porque producen la pobreza y la desigualdad que queremos combatir.

 

Para transformar nuestras sociedades necesitamos de una mística que la corrupción corroe.

 

En la Argentina desde hace algunos años, un sector del poder concentrado en alianza con los medios de comunicación masivos, se han esforzado en instalar la idea que la corrupción es patrimonio del peronismo. Este es un viejo anhelo de la oligarquía que data desde los inicios del primer gobierno peronista hasta hoy. Jamás alcanzó con las difamaciones a Evita, de tildar mediáticamente a Perón como el “tirano en el exilio”, las atrocidades del decreto 4161, la persecución o los fusilamientos. Cuesta creer que a Perón, luego de derrocado, le inventaron más de mil causas judiciales. Pero, valga la aclaración, estas referencias históricas deben servir no para discutir el pasado sino para reflexionar sobre el presente.

 

Tenemos que romper el mito de que los peronistas somos corruptos. Para eso es fundamental que empecemos a hablar del tema, hoy casi ausente en nuestra agenda.

 

A la luz de los bolsos de José López o los vehículos de Ricardo Jaime, es evidente que se cometieron errores durante el gobierno anterior. Sin embargo, no menos cierto es que la calidad de la oposición que tuvimos fue pobre, y esto también incluye a muchas organizaciones de la sociedad civil que estuvieron más preocupadas por armar programas para el actual gobierno, del que hoy muchos son parte, antes que por promover efectivos mecanismos de control ciudadano. Ni Jaime ni López nos representan. Por esto mismo hay que ser tajantes: con la corrupción tolerancia cero.

 

De igual manera es insólito que el presidente Mauricio Macri y los funcionarios de Cambiemos nos quieran correr con la bandera de la ética y la transparencia. El linkedin de Macri debería incluir que fue partícipe del contrabando de autopartes, de la estafa de las cloacas con Juan Carlos Rousselot y de las escuchas ilegales. Desde que asumió en la Rosada se conocieron sus cuentas offshore, promovió el blanqueo millonario de dinero de sus familiares e intentó que el Estado le condonara la deuda al Correo Argentino luego de la administración fraudulenta de su familia. Pareciera que el marketing comunicacional y el blindaje mediático todo lo pueden.

 

Cambiemos no ha hecho nada por la transparencia y toma la bandera de la anticorrupción como parte de la burda estrategia de confrontar con el pasado pensando en un beneficio a corto plazo. La muestra más cabal es el penoso trabajo de la Oficina Anticorrupción. Laura Alonso, por caso, es severa con los regalos de protocolo a los funcionarios, pero laxa con el cumplimiento de las normas y lenta con el tratamiento de las denuncias. En este sentido hay muchas dudas de que se cumpla con la ley 26.857, la misma que obliga a los funcionarios a presentar la declaración jurada patrimonial integral. Más aún, una de las funciones que debe llevar adelante, es la de “Evaluar y controlar el contenido de las declaraciones juradas de los agentes públicos y las situaciones que pudieran constituir enriquecimiento ilícito o incompatibilidad en el ejercicio de la función”. Laura Alonso es en buena medida responsable de todos los bochornos a los que nos están acostumbrando.

 

Claro ejemplo de esto es la cuenta offshore del ex subsecretario general de la presidencia, Valentín Díaz Gilligan, que terminó en una renuncia tribunera. Algo tiene que quedar claro: el problema no es solo Díaz Gilligan, el problema es Mauricio Macri.

 

Este caso es una isla en un mapa lleno de cuentas y estructuras financieras para el lavado de dinero y la evasión de impuestos. Un tercio del gabinete tiene cuentas en paraísos fiscales. Más aún, nos enteramos que la Policía Federal brasileña confirmó que Gustavo Arribas, jefe de los espías, recibió 850 mil dólares de Odebrecht, en el marco de las ramificaciones del Lava Jato. Del mismo modo los esfuerzos por blindar al ministro Luis Caputo, el accionista millonario de sociedades offshore que se vino de la “champions league” a jugársela por su patria en el ascenso, son indecorosos.

 

Hay que hablar y trabajar de verdad frente a la corrupción. Tenemos que ir hacia una ley efectiva que obligue a los funcionarios a tener sus activos justificados en el país antes de asumir cualquier cargo. En la misma línea, el Estado necesita de una articulación institucional seria y honesta con la justicia. Es fundamental que el poder judicial deje de jugar a la política. También precisamos de la sociedad civil, del control ciudadano, y de mecanismos internos estatales menos falibles y más transparentes. Igualmente el periodismo juega un rol importante en una democracia moderna, aunque lamentablemente la investigación periodística en Argentina pierde por goleada con la banalización y el show. ¿Son relevantes las conversaciones de Cristina Fernández?

 

Un político boliviano, Andrés Soliz Rada, decía que la corrupción es el agujero donde se filtra la soberanía. La cuestión nacional no puede estar ausente en este debate. Este asunto no se trata solamente del patrimonio generado a costas de los negocios turbios o la evasión con lo público, sino también de los intereses soberanos, de las enormes riquezas naturales y energéticas que pierde la Patria a manos de otros, sea esto ante empresas o ante entidades bancarias y financieras. Insisto, la corrupción es una máquina de generar pobreza.

 

Es que nada hay tan ajeno a la justicia social como la corrupción. Hace poco el papa Francisco le decía a los obispos peruanos: “América Latina estaba buscando un camino, la patria grande, y de golpe con los años está sufriendo bajo un capitalismo liberal deshumano”. Lo decía en el contexto de aparición de múltiples cuentas de políticos en paraísos fiscales, la mayoría de los cuales están en nuestro continente.

 

La política no es un instrumento para hacerse millonario, es la vocación de transformar la realidad. Es cierto que gran parte de la sociedad le sigue reclamando a la política y a la democracia por promesas incumplidas y deudas pendientes. Muchos que hacen política desde la antipolítica aprovechan para agrandar la brecha entre reclamo y respuesta. Entre esos reclamos está la corrupción. Trabajemos en serio porque esto no depende de un sector sólo sino de una verdadera política de Estado que el conjunto de la sociedad tiene que asumir.

 

FRANCISCO CAFIERO   Dirigente peronista de la Ciudad de Buenos Aires

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