Jueves, 30 de Noviembre de 2017

Gobiernos modelo siglo veinte

Por: MARIO RIORDA

Estamos en épocas de cambios y reformas. “Reformismo permanente” acuñó el presidente Mauricio Macri. Pero los que menos se reforman son los gobiernos. Hablo de los gobiernos en sentido figurado cuando debería hablar de los gobernantes. Pero igual continúo. Son perezosos o cargan con una inercia alarmante, estructural. Los gobiernos trabajan (en promedio) de 8 a 15 horas. Lo demás es excepción, horas extras y guardias. Vale decir, son gobiernos de medio día para problemas de tiempo completo. Y encima con una demanda digital a tiempo real. Ante consultas en redes, un tercio de los ciudadanos no están dispuestos a esperar más de 5 minutos para una respuesta. Se está lejos.

 

Las incorporaciones son pensadas más para los cargos que para las funciones. Por eso, diseños organizacionales de tres décadas atrás van dejando un montón de áreas no previstas en los organigramas que no se adaptan a los tiempos, sino que hacen que los tiempos se adapten a ellos (frenándolo, obviamente). Los concursos, siempre prometidos, son excepcionales o sólo en áreas específicas. La capacitación dista mucho de la profesionalización y reducida a pocas áreas.

 

Hay un predominio del papel para los trámites. Lo más innovador son determinados procesos de e-gobierno para cobrar impuestos. Ahí sí están a la orden del día. Las redes no forman parte de las respuestas de gestión. Su uso principal es publicitario. Piensan más en la publicidad de sus gobernantes y sus actos (así, en ese orden) que en la escucha y la interacción ciudadana. Las redes deberían funcionar como una gran mesa de entrada, pero no. Sólo el 2% de los posteos y tuits de gobiernos preguntan algo. Eso es un monólogo. Sólo el 10% de las interacciones de ciudadanos son respondidas por los gobiernos, nos dice el estudio Gobernauta del BID.

 

Los protocolos son herramientas de hace siglos, expresiones cuasi monárquicas que cada vez aportan más distancia a gobernantes de gobernados. Son una celebrada novedad los políticos que se los saltan. En los protocolos, herencia de otros tiempos, todavía se reproducen las jerarquías y los privilegios. Así se diseñan actos, discursos y puestas en escena: el poder simbólico que se ve y se palpa se ofrece distante.

 

Los gobiernos abiertos todavía están más cerca de la moda y la exquisitez que de su uso entendido como transformador de una cultura organizacional. La rendición de cuentas de la mano de la transparencia es incipiente. La apertura de datos se hace por temor (a ser etiquetados como opacos) y con temor (por goteo y con reticencias). El IDC Government Insights nos aporta optimismo de que en algunos países el gasto en tecnología cívica crece 14 veces más que el gasto en tecnología digital. Pero aquí la inversión todavía está centrada en la publicidad. Siempre descendiente y unidireccional (aun la que se invierte en el mundo digital).

 

El big data es un concepto pretencioso que muchos resaltan como el presente del futuro, pero en los gobiernos la mayor cantidad de bases de datos son analógicas, no digitales. Y cada dato es propiedad de un área de un gobierno que se apropia cual feudo. Ante este panorama, la gestión predictiva que permite el diseño de políticas y respuestas para adelantarse a problemas, como el control temprano del dengue en Río de Janeiro por ejemplo, todavía es ciencia ficción.

 

La trazabilidad de un trámite, es decir saber en qué estado está y saber cuándo concluirá, no es algo usual. Un expediente entra a un gobierno y navega en mares desconocidos o bien se topa con circuitos de gestión que tienen todo menos fluidez. Un expediente demorado es una “no solución” o una “no política pública”. Y no sólo que no hay estándares y tiempos de respuesta por áreas, sino que de hecho, hay áreas que retrasan expedientes adrede porque no podrían satisfacer demandas que pueden ir desde tapar un bache, garantizar una prótesis u otorgar un crédito para microemprendimiento. Ni hablar tampoco que la mayoría de las políticas no tienen mecanismos de evaluación de su eficacia. “Lo que se mide se puede mejorar”, dice CONEVAL, el organismo mexicano que evalúa las políticas sociales. Saquemos nuestras conclusiones… Y, por si fuera poco, los gobiernos son egoístas y cerrados. Se imaginan en otra época haciendo todo solos. En su cabeza la co-gestión es algo excepcional y excéntrico. Los gobernantes no terminan de asumir que ya no llegan a la solución de todo o la prestación de todo. Ni hablar de la falta de confianza en torno a ellos que hace que, aunque lleguen, muchas veces llegan deslegitimados. La aplicación de una cultura del riesgo no llegó a los gobiernos (aclaro: tampoco a las universidades). Cualquier política preventiva se convierte en política pública predominante. En todas las áreas.

 

Pero los gobiernos, aun dentro de la dificultad de un margen de riesgo de 360 grados, no atinan a modificar hábitos que eviten trabajar solo en la remediación, siempre tardía y más costosa. Ni hablar de la gestión ante crisis que expande la conmoción por la mala reacción como respuesta pública. La profesionalización en estos ámbitos es sólo un anhelo.

 

La síntesis de esto es que los gobiernos se miran más a sí mismos que a los ciudadanos. Y aunque haya gobiernos que avanzaron, lejos están de ser el promedio. Este escrito no tiene que ver con ajustar. Tampoco con gobiernos más chicos. Sólo apunta a gobiernos mejores.

 

MARIO RIORDA   Director de la Maestría en Comunicación Política de la Universidad Austral

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