Jueves, 26 de Noviembre de 2009

Argentina-Chile: 25 años de paz

Por: JUAN PABLO CAFIERO

 

JUAN PABLO CAFIERO   Embajador argentino ante la Santa Sede

     Conmemorar la paz es un acontecimiento especial. La paz es un proceso que nace de la conciencia y no hay argumento o razón que justifique su ausencia. Pretendemos y demandamos un mundo sin violencia donde se respete al otro más allá de su fuerza. Apreciamos a las naciones que resuelven sus diferencias con prudencia, tolerancia y buena fe. La guerra es un crimen, y dado que la paz es un valor positivo en sí mismo, nos obliga a variar el rumbo de la historia cada vez que sea necesario evitar la confrontación armada o el desencuentro permanente.

     No hay guerras justas ni se justifica prepararse para una, restando el derecho a la paz, que es inalienable de cada pueblo. El fracaso político debería provocar el cambio de los que fracasan, antes que pensar en armarnos para atacar al vecino. Los intereses que lucran con la violencia deberían ser vencidos en la primera batalla que es la de nuestra conciencia, donde se proyecta la perspectiva de la civilización pacífica y constructiva.

     La República de Chile es nuestra gran hermana. Venimos de un tronco histórico común. Lamentablemente durante décadas usinas habían sembrado el desencuentro y la desconfianza distorsionando la historia y hasta cambiando los datos geográficos, en pos de mantener una conflictividad latente que alimentara el militarismo y el pseudonacionalismo. En un punto tal que ambas naciones estuvieron en la puerta de ingreso del conflicto armado, hasta que la voz del novel papa Juan Pablo II en la Navidad de 1978 se interpuso a la aventura militar en marcha, que hubiera costado miles de vidas en una disputa fraticida.

     Como todos, el Papa sabe que la guerra es la peor opción, que mata, provoca sufrimiento, es inhumana, y es un insulto a Dios. Sabe que aún las guerras modernas llamadas preventivas son guerras suicidas, y que la destrucción de vidas, los muros o bloqueos, sólo provocan el derrumbe de la humanidad ante la consternación de los observadores. Juan Pablo II sintió que era necesario intervenir directamente, usando su influencia moral y sus diplomáticos para impedir la guerra.

     Allí convocó a su hombre de confianza el cardenal Antonio Samoré para que se trasladara a las capitales de Chile y la Argentina y desplegara una misión que frenara la escalada. Las hermanas que viven en el Convento de Vetralla, donde están los restos de Samoré, me dijeron que el cardenal, en sus últimos días de vida, sentía una gran frustración, ya que creía poco probable que los gobiernos militares de ambos lados, proclives a las soluciones bélicas, lograran un acuerdo y se replegaran.

     Aquellas dictaduras encontraban en ello un atractivo para encandilar la voluntad popular a su favor y acallar las violaciones a los derechos humanos. Las esperanzas del cardenal restaban en que la fe y la razón dominaran a esas naciones, con tanto pasado común, poseedoras de valores que desempolvados traerían la prudencia y el diálogo para concertar cualquier diferencia circunstancial.

     Para la Santa Sede intervenir como mediadora de un conflicto descontrolado no dejaba de tener altos riesgos. Fue una decisión adoptada a la luz del mandato humano y cristiano que la Iglesia tiene como portadora de un mensaje de unión y reconciliación. Debió implementar una diplomacia a ciegas entre dos gobiernos autoritarios que sólo se escuchaban a sí mismos, sin que las sociedades tuvieran juicio o intervención.

     La Santa Sede actuó sin cálculos mezquinos. Había que lograr un entendimiento pacífico, abrir rápidamente un camino. Movilizar a favor de la paz, transformar el instinto bruto por la inteligencia humana. Celebrar los mínimos gestos de cada parte, para estimular y propiciar condiciones que clausuraran el debate bélico, lo desmontaran pieza a pieza, hasta que aislados los violentos, sólo se hablara de paz y concordia. Cinco años llevó ese proceso. Con Samoré fallecido, Juan Pablo II insistió hasta el final del acuerdo, que finalmente se rubricó en la propia sede vaticana el 29 de noviembre de 1984.

     A los 25 años de estos acontecimientos las presidentas de la Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y de Chile, Michelle Bachellet Jeria, han aceptado la invitación del papa Benedicto XVI, para celebrar y proteger juntos la esperanza de paz, ya no sólo para nuestra dos naciones, cuyo proceso de integración se solidifica cotidianamente, sino para dar ejemplo a todo el mundo, del ejercicio democrático y respetuoso del derecho internacional, de las virtudes del diálogo como fuente de resolución de controversias, del potencial que significa la mediación desde la buena fe.

     El encuentro servirá para fortalecer conceptos que son importantes para este papado: doctrina social de la Iglesia para enfrentar las crisis; caridad en la verdad; salvación en la esperanza; razón para comprender y fe para remontar las vicisitudes de la vida. Esta jornada será para agradecer, y también, para meditar que el camino hacia la paz tiene un gran componente espiritual y moral. Que toda creencia contribuye a alimentar la perspectiva de la sociedad que aspiramos. Por lo que la paz social y política, sin ser dominio exclusivo de los creyentes, es un deber irrenunciable que la sociedad debe exigir a sus dirigentes.
 

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